Jóvenes y familia, ¿el compromiso de amar?

El amor es algo tan grande, que es lo único digno de la persona humana

A lo largo de octubre, mes de la familia, se han multiplicado las instancias dirigidas a profundizar en su importancia. Especialmente cuando algunos dudan de su centralidad y de sus elementos constitutivos como comunidad de vida y amor, los llamados a protagonizarla han sido en Roma objeto de un Sínodo durante el mes (del 3 al 28): el Sínodo sobre los jóvenes, su acercamiento a la fe desde la óptica del discernimiento, y su compromiso con la misma y con la sociedad. Se han reunido miembros de la Iglesia del mundo entero para reflexionar de manera colegiada sobre un tema de especial interés, en estrecho contacto con el Santo Padre, que preside varias de las sesiones. Y, por supuesto, ¡hubo también representación de Chile!

Hijos de su época, los jóvenes se mueven en el mundo de las redes y comunicaciones sociales, pero son, en muchos casos, víctimas de falsos ídolos: el placer fácil confundido con el amor, las evasiones prometidas como felicidad, el miedo al compromiso fruto en muchos casos de experiencias dolorosas, muchas de ellas cercanas, y, todo ello, en medio de una cultura de relaciones y vivencias poco profundas y más bien superficiales. Pero también se ha puesto de manifiesto su gran sensibilidad hacia los hermanos necesitados, su deseo profundo de amar y ser amados y su inquietante cuestionamiento acerca del sentido de bien y el mal y de la libertad. El joven, por lo tanto, no ha perdido su anhelo de metas elevadas ni tampoco, aunque parezca lo contrario, de un sentido religioso de la vida. Pero necesita ayuda para descubrir que es posible vivir un amor verdadero con el que comprometerse y por el que dar la vida. Y también para aprender que eso no se improvisa, sino que hay que dar pasos en la madurez personal para capacitarse para amar de verdad, que no es amar por placer o por utilidad, o porque se sientan ganas, sino porque la persona con la que construir ese proyecto de vida común es valiosa y digna de ser amada por sí misma, hasta el punto de perdonarle sus defectos y superar cansancios y dificultades para caminar juntos. Esta manera de amor, a la que Santo Tomás denomina de benevolencia, hay que aprender a vivirla, sobre todo porque el peso del egocentrismo, signo de inmadurez, puede jugar en contra y ha de contrarrestarse para ser capaces de pensar en el otro antes que en sí mismo. Así lo enseña:

“[…] no todo amor tiene razón de amistad, sino el que entraña benevolencia; es decir, cuando amamos a alguien de tal manera que le queramos el bien. Pero si no queremos el bien para las personas amadas, sino que apetecemos su bien para nosotros, como se dice que amamos el vino, un caballo, etc., ya no hay amor de amistad, sino de concupiscencia […] Pero ni siquiera la benevolencia es suficiente para la razón de amistad. Se requiere también la reciprocidad de amor, ya que el amigo es amigo para el amigo. Mas esa recíproca benevolencia está fundada en alguna comunicación” (Suma Teológica, II-IIa, q. 23, a. 1).

Los más llenos de esperanza son los jóvenes, como dice santo Tomás, pero también los más imprudentes porque tienen menos experiencia y son más impulsivos. Pues, “por el calor de la naturaleza, abundan en espíritus vitales, y por eso se les ensancha el corazón. Por eso los jóvenes son animosos y tienen buena esperanza. De la misma manera […] por su inexperiencia de los obstáculos y deficiencias, fácilmente consideren posible una cosa” (Ibid, I-IIa, q. 40, a. 6, in c). La falta de experiencia propia puede equilibrarse con la docilidad al consejo de personas experimentadas y ejercitarse además en esas pequeñas y grandes virtudes que permiten querer el bien, para sí y los demás, no sólo cuando se sienten ganas, sino siempre. El amor es algo tan grande, que es lo único digno de la persona humana. Lo demás –amar sólo a temporadas o servirse de las personas egoístamente- lo degrada. Por su grandeza hay que pagar un hermoso precio: el prepararse a darse al otro desde la generosidad, desde el autodominio, templanza, la prudencia, la paciencia, la misericordia, justicia, etc. Así es posible el compromiso, el del amor verdadero que es la base de la familia, como comunidad de vida y de amor.

Como dijo hace unas semanas una estudiante de la Santo Tomás: “Nosotros como jóvenes tenemos esa inquietud que, al igual que los santos, es ser minorías creativas que comienza por querer buscar un cambio en uno mismo y luego continuar un cambio en nuestro entorno y por último en la sociedad”.

Esther Gómez

Directora Nacional de Formación e Identidad