El Nacimiento de Jesús

Al terminar un año de esfuerzos dedicados a la promoción del respeto y la inclusión, valores esenciales para la construcción del bien común en nuestra sociedad, nos encontramos ante el umbral del Adviento.

Este tiempo nos ofrece la oportunidad providencial de hacer una pausa, no como un mero cese de la actividad, sino como un momento de profunda reflexión sobre la base y el fin último de dichos valores: la vida espiritual y la dignidad intrínseca de todo ser humano. Esta invitación a volver a una tranquilidad es un llamado a todos, creyentes o no, a meditar sobre los fundamentos que sustentan nuestra coexistencia y nuestro propósito trascendente.

Ahora al concluir el año 2025 colmado de actividades materiales y laborales, que trasuntan por cierto un poco de nuestro “activismo” es necesario hacer una pausa para aprovechar este tiempo que Dios nos regala para enriquecer nuestra vida espiritual.

Adviento es ese tiempo que nos ofrece la oportunidad de detener el agitado transitar y volver la mirada al interior de nuestro ser y regalarnos en la intimidad la calma necesaria para fijar la mirada en Él, nuestro Salvador.

Más de 2.000 años nos separan de uno de los hechos más trascendentes de la Historia de la Humanidad; el nacimiento de Jesús; que aún la fe y la razón no logran aquilatar en toda su magnitud.

Santo Tomás de Aquino; afirma con serena pero inquebrantable decisión “En Navidad, Dios mismo, movido por su inmenso amor nos entregó el mayor regalo, su presencia y compañía junto a nosotros” lo expresado por el Aquinate, nos interpela, nos remece, pero nos regala con claridad meridiana una verdad que iremos madurando hoy, en nuestra sociedad en cada uno de los contextos en que nos corresponde participar.

Dios, el Todo Poderoso, en un tiempo especial, movido por su inmenso amor, nos regala a su Hijo Primogénito y con Él su presencia, su compañía y el más preciado de sus regalos, la Salvación… ¿somos nosotros sus hijos, dignos merecedores de tan preciado tesoro?

El nacimiento de Jesús en Belén de Judea, confirma todas y cada una de las profecías; el Salvador nace en la precariedad del portal, junto a María y José y desde esa realidad – la de muchos hermanos y hermanas – nos regala una nueva vida, una posibilidad cierta de rehacer nuestro andar, de detenernos para mirar con los ojos del corazón; que podemos ofrecer desde nuestras carencias, desde nuestra fragilidades… sólo reconocerlo, amarlo, seguirlo y darlo a conocer; pequeños regalos que adornan el alma que no brilla sino resplandece sólo con su luz.

En definitiva, este tiempo nos convoca a todos, sin distinción, a redescubrir el valor de lo esencial. Más allá de nuestras creencias particulares, la invitación es a rescatar la capacidad de asombro y la voluntad de servicio que habita en cada ser humano. Que este cierre de año sea el punto de partida para una convivencia más fraterna, donde nuestros valores no sean solo conceptos, sino acciones cotidianas que iluminen nuestra sociedad.

Los invito a que, con el corazón dispuesto, hagamos de nuestra propia vida el mejor regalo para los demás, construyendo juntos un futuro de paz y esperanza para todos.

¡Feliz Navidad!