Amor y nuestros queridos difuntos

“El amor crea la inmortalidad, y la inmortalidad nace del amor” (J. Ratzinger).

“Amar a una persona es decirle: tú no morirás”. Esta conocida frase del filósofo francés Gabriel Marcel cobra un sentido muy especial a las puertas del día en que recordamos a nuestros seres queridos difuntos, el 2 de noviembre. Más aún, cuando las crisis que vivimos hacen más cercana la muerte, sea provocada por causas de salud física o mental. “Amar a una persona es decirle: tú no morirás”. Por eso la sabiduría secular rodea estas fechas de acciones que de alguna manera hacen presente a los que nos han dejado: a través de un recuerdo revivido en la memoria, de distintos ritos como visitar los cementerios, y, por supuesto, de la oración -los creyentes rezamos de manera especial estos días y la Iglesia contempla hasta tres Misas distintas por los difuntos en su día. A todos nos hace sentido esta celebración pues recordamos a padres, hermanos, parientes o amigos y ese recuerdo nostálgico reaviva nuestro amor.

Ahora bien, volvamos a nuestra frase inicial. Además de la belleza que expresa ese deseo, es muy profunda. Ciertamente, al recordar y traerles a la memoria podemos de alguna manera tener presentes a nuestros difuntos. Pero la memoria es frágil, el paso del tiempo hace que debamos pensar en otras cosas del día a día, y, para más remate, en algún momento también a nosotros nos va a tocar partir de esta vida, y de eso no hay duda. Sin embargo ¿es sólo un bello deseo sin más?

Me gusta pensar en una afirmación de Aristóteles, gran conocedor de la vida, al decir: “Nada hay inútil en la naturaleza”. Y es cierto: cada inclinación de los seres vivos se orienta y remite a su plenitud. El deseo de beber que sentimos, remite a la existencia de algo capaz de saciar la sed, por ejemplo, y así sucesivamente. Pues bien, ese deseo de inmortalidad que proyectamos hacia quienes amamos de verdad, pareciera que no está a nuestro alcance, pero, si aplicamos el adagio aristotélico, debe poder cumplirse. Por eso si recurrimos a una “razón ampliada” que busca sentido a la vida superando el absurdo de la nada, nos descubre una puerta maravillosa que al abrirla nos vincula al único Ser capaz de crear y dar vida de la nada, único capaz de compartir y amar de manera infinita y absoluta, y, por lo tanto, de hacer posible el deseo de nuestro corazón de “no morir nunca”. Es decir, Dios, como origen último de nuestra existencia y como destino definitivo de la vida, hace posible lo que era inalcanzable desde nuestra finitud.

Ratzinger afirma de manera contundente: Dios “es lo que permanece y subsiste”. Su amor es eterno y al brotar desde su vida interior, nos crea a su imagen y semejanza y hace participar en ese amor y nos abre la puerta a una vida eterna. Tomás de Aquino, por su parte, lo confirma al decir que “fue el mismo Cristo quien nos abrió por su propia pasión las puertas de la vida eterna” (Suma Teológica, III, q. 48, a 4, in c). Esto es la esperanza sobrenatural, que, estando más allá de la natural, se nos hace, sin embargo, asequible gracias a la gracia divina. Concluye el teólogo alemán: “Si en Cristo el amor ha vencido a la muerte, ha sido como amor a los demás. Esto significa que nuestro amor individual y propio no puede vencer a la muerte, que considerado en sí mismo es un grito que se queda sin respuesta. Por tanto, sólo el amor unido al amor divino de la vida y del amor, puede fundar nuestra inmortalidad. Pero, a pesar de todo, nuestra forma de inmortalidad depende de nuestra forma de amar” (Introducción al Cristianismo).

Con esta óptica, el recuerdo de los muertos está transido de esperanza: la que brota del amor y se apoya en la misericordia de un Dios amor que conoce, como nadie, el corazón de aquellos que ha creado como hijos (lo reconozcamos o no). Un amor que, ahora sí, puede proyectarse en la inmortalidad.

 

Esther Gómez
Directora Nacional de Formación e Identidad
Universidad Santo Tomás