Cómo recuperar la confianza

“La libertad respecto del bien es más libertad que la libertad respecto del mal”

De vez en cuando se nos plantea de nuevo la cuestión de por qué llegamos a perder la confianza en ciertas personas o instituciones, y como un segundo paso, la de cómo superar esa desconfianza.

Nos pasa, además, que nos llevamos las manos a la cabeza ante situaciones límites pero quizás, por otra parte, somos testigos pasivos de actos que minan poco a poco esa confianza y ahí sí que nos quedamos de brazos cruzados. También aquí se suele cumplir lo que refrenda la sabiduría popular, que no se hace de noche de repente sino poco a poco. Tampoco se pierde la confianza de una vez. Pero a pesar de todo, sigue en pie la pregunta de qué genera esa situación y por qué desconfiamos de otros.

La respuesta es relativamente fácil, pero no tanto de identificar en la práctica. Creo que coincidirán conmigo en que hay una serie de actos y de vivencias que la originan: cada vez que nos sabemos engañados o maltratados, ridiculizados o ‘usados’, o vemos inconsecuencia entre lo que se dice y lo que se hace, entonces sentimos que tal persona se aleja de nuestro afecto porque no la vemos digna del mismo. Esa estima que entregamos gratuitamente a aquellos que consideramos ‘buenos’, pide más evidencias para seguir en pie, que consisten en que esa persona puede volver a obrar bien y a tratarnos de acuerdo a la que somos: personas valiosas por sí mismas, dignas de crédito y de respeto. En el fondo de nuestra conciencia actúa lo que en el Diario de Ana Frank se denomina “la fe en el hombre”: en que tiene la capacidad de obrar bien, pues es libre y la libertad no debiera usarse mal.

Este es, me parece, el núcleo de nuestro constante cuestionamiento acerca de la desconfianza y de los caminos para superarla. La libertad es algo maravilloso que nos iguala con los seres espirituales puros y, también, aunque de manera distinta, con Dios. Además, somos seres que vivimos con otros, no podemos vivir solos, y esa convivencia, para que sea firme y verdadera, necesita basarse en la confianza mutua. Sin embargo, a pesar de lo anterior, tenemos constantes experiencias de que se pierde cuando se usa mal la libertad.
Dice Tomás de Aquino algo muy luminoso al respecto. Después de confirmar algo de sentido común, que “La libertad respecto del bien es más libertad que la libertad respecto del mal” (II Sentencias, d. 25, a.5, ex. 150), pasa a concluir que “querer el mal ni es libertad ni parte de la libertad, aunque sea un cierto signo de la libertad” (De veritate, q. 22, a. 6, c). Aunque el poder elegir nos abra varias puertas, no todas abren perspectivas igual de adecuadas o de buenas, pues mientras unas nos perfeccionan como personas, otras, en cambio, lo dificultan, y no sólo a nosotros, sino en ocasiones también a otros. Valgan dos ejemplos: aunque sea para un pretendido bien, sucede que todo engaño genera desconfianza en los demás, o el uso de medios violentos, aunque sea para objetivos buenos, son dañinos porque no respetan a los otros en su dignidad.

Por eso hemos de acostumbrarnos a un uso bueno de nuestra capacidad de elegir. Así lo hizo nuestro patrón, Tomás de Aquino, que veía en la virtud el mejor medio para perfeccionar el uso de la libertad porque nos habitúa a elegir el bien. O como también hizo nuestro personaje del Tema Sello del año, Martin Luther King, que luchó incansablemente por el reconocimiento de la dignidad e igual trato de los hombres, fuera cual fuera su color de piel, pero sin usar medios violentos, porque sabía claramente que el fin bueno no justifica el uso de medios malos. Dijo: “El grado en que somos capaces de perdonar determina el grado de nuestra capacidad de amor hacia nuestros enemigos. […] debemos reconocer que la mala acción de nuestro prójimo- enemigo, lo que nos ha herido, no le define en forma adecuada… existe algo bueno en el peor de nosotros y algo malo en el mejor”. En el fondo, estaba convencido que: “El odio multiplica el odio, la violencia multiplica la brutalidad en una espiral descendente de destrucción” (“Amad a vuestros enemigos”, La fuerza de amar, 49-50).

Sólo aquellos actos libres orientados desde y para el amor, permiten recuperar la confianza, en uno mismo y en los demás, por eso debemos acostumbrarnos a ellos.

Esther Gómez
Directora Nacional de Formación e Identidad