Esa felicidad… tan fácil y tan difícil de lograr

El auxilio divino hace posible y lleva a buen término el esfuerzo para lograr el bien y la felicidad

¿Quién no se ha preguntado más de una vez por qué caemos tan a menudo en el mal, por qué no cumplimos nuestra palabra, por qué hay abusos de confianza, de poder o de otro estilo, por qué, en definitiva, somos tan falibles, nos equivocamos tanto, o, como diría Santo Tomás, pecamos con tanta frecuencia? Me parece que ya es un paso importante entender que eso que criticamos de otros, también suele formar parte de nuestra vida. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, dice Cristo en el Evangelio. Es un paso muy importante mirarse a sí mismo para reconocer los propios errores, arrepentirse y tratar de enmendarlos, y superar así la crítica fácil a los demás, creyendo que de esa manera podemos quedarnos tranquilos. La crítica negativa sin propuesta de mejora, no sirve de nada, solo adormece la conciencia, y eso no es bueno, pues nos podemos auto engañar. De ahí que la corrección fraterna, hecha con caridad y desde la justicia, sea algo tan necesario, aunque no siempre agradable.

Estamos firmemente convencidos de que estamos hechos para el bien, y todos queremos ser felices. Sin embargo, en esa búsqueda de la felicidad podemos tomar caminos equivocados, confundir medios con fines, placeres con goces, lo aparentemente bueno con lo realmente tal, la solución y el éxito fácil e inmediato con la verdadera felicidad. Sí, ahí podemos equivocamos. Pocos eligen y hacen el mal por malicia, aunque también suceda a veces. Puede ocurrir que nos pueda el cansancio, la falta de voluntad o una comprensión de la realidad inadecuada que nos hace errar en las decisiones que tomamos. Y esto último sucede en parte porque la realidad tiene muchas aristas y dimensiones, pero también en parte porque nuestros intereses, prejuicios y ciertos afectos, nos dan una imagen sesgada o incluso falsa de tal realidad. Podemos citar varios refranes al respecto: “piensa el ladrón que todos son de su condición”, o “el amor ciega”.

Al llegar a este punto, pareciera entonces que ese deseo de felicidad choca permanentemente con la dificultad aparentemente insalvable para conseguirla debido que erramos en nuestra manera de buscarla. ¿Habremos entonces de rendirnos? ¿Es una utopía? ¿O hay que resignarse al camino fácil, el de la aparente pero no verdadera felicidad? Y cabe preguntarse, además, ¿cuál es la verdadera felicidad?

Dice Tomás de Aquino algo muy luminoso al respecto, y nos hará bien recordarlo al considerar que la auténtica y perfecta felicidad para el hombre consiste en la suma Verdad y el Bien Absoluto, que no es otra cosa que Dios, el cual nos trasciende infinitamente, pero al que no dejamos de tender con todas nuestras fuerzas, a pesar de todo; así pues, procede al análisis de nuestra situación, ante la cual propone una solución y un camino a recorrer.

“El hombre tiene muchos impedimentos para conseguir su fin. Lo impide la debilidad del entendimiento, que fácilmente se siente arrastrada hacia el error, que lo desvía del camino recto hacia el fin. También las pasiones de la parte sensitiva y los afectos con que le atraen los seres inferiores y sensitivos, los que, mientras más se adhiere a ellos, más lo apartan del último fin. Y estos impedimentos son inferiores al hombre mientras que su fin le es superior. Muchas veces lo impide también la debilidad física, de modo que no puede lograr la ejecución de los actos virtuosos por los que tiende a la bienaventuranza. Luego necesita el auxilio divino para que tales impedimentos no le sean un total obstáculo cuanto al fin último” (Suma contra los Gentiles, libro III, capítulo 147).

¿No es muy razonable esta descripción? Si, en efecto, el fin para el que estamos hechos, supera nuestras fuerzas humanas, podemos abrirnos a la fuerza de la gracia de Dios, que no la niega a quien se la pide humildemente y trata de vivir de acuerdo a ella. Es cierto que el auxilio divino, como lo llama Santo Tomás, no nos ahorra el esfuerzo de la superación personal en el bien, pero lo hace posible y lo lleva a buen término.  Así pues, la elección en Dios y con Dios, nos acerca a esta tan esquiva felicidad.

Esther Gómez
Directora Nacional de Formación e Identidad