Ánimo grande ante dificultades

La persona magnánima es un alma grande: aspira a lo más elevado y afronta las dificultades sin desfallecer

La grandeza interior de las personas suele ponerse a prueba en las dificultades o ante los agobios de la vida, no siempre fácil. Unas tienen poca resistencia y se hunden en la desesperanza; de estos, unos asumen su debilidad y tratan de salir de ella con ayuda de los demás, si son humildes para solicitarla, pero otros suelen sacudírsela echando la culpa de su fracaso a la vida, a la situación o a los demás. Otros resisten sin hundirse, pero quedan agobiados y faltos de paz interior. Y algunos, no muchos, son capaces de sobrellevarlo con paz porque logran situarse por encima del problema o la dificultad: no pierden de vista los grandes ideales que les siguen animando y ante los cuales lo demás pasa a un segundo plano, adquiriendo así su verdadero peso.

Son admirables estas últimas personas. En efecto. Santo Tomás de Aquino llama magnánimos, es decir, personas con un alma grande (ánimo magno). Grandeza interior que les hace mirar los altos ideales y valorar todo lo demás en su justa media. Allí donde hay algo grande, aunque sea aparentemente pequeño u oscuro, le dan la importancia que merece y se aplican a ello con dedicación, sin distraerse con otros asuntos secundarios o menos relevantes. El magnánimo hace bien lo que hace, sea del ámbito que sea: laboral, familiar, personal, social, etc.

Si hay algo grande en sí mismo, no siempre fácil de descubrir, es la dignidad y valor de cada persona, sea quién sea y cómo sea. En efecto, como dice Santo Tomás, “en el hombre se halla algo grande, que es un don de Dios” (Suma Teológica, II-II, q. 129, a. 3, ad 4), que procede de haber sido creado a Su imagen y semejanza y participar, por eso, de la naturaleza espiritual (que nos hace libres, inteligentes y con vocación de infinito). El hombre magnánimo “honra a los demás… en cuanto ve en ellos algo de los dones de Dios”. Y les honra más cuando, a su valor y dignidad natural de persona, junta otros dones por los que “tiende a las obras perfectas de virtud, y del uso de cualquier otro bien, como la ciencia o los bienes de fortuna exterior” (Idem). De ahí que el magnánimo sea a la vez humilde, pues vive de cara a la verdad y no olvida que en el hombre existe también, además de algo grande, “un defecto, que procede de la debilidad de la naturaleza”. Al descubrir en sí mismo esa debilidad (a veces en sus miembros exteriores, o en su carácter) no se considera más que el resto, sino que se “humilla”, y, al ver tales defectos en los demás, ni les ensalzan vanamente ni los maquilla mintiendo. Guarda prudente silencio al respecto o, cuando hay confianza, se los confía para que puedan ser corregidos. Más aún, “evita totalmente la adulación y la hipocresía que denotan pequeñez de ánimo, aunque convive con todos, grandes y pequeños, cuando conviene” (Ibid, ad. 5).

La persona magnánima busca la obra bien hecha y lo bueno en sí mismo por encima de lo útil, y por eso se hace digna de ser honrada, aunque no sea ese el motivo de su obra. Por otro lado, evita caer en ciertos defectos, como un aprecio excesivo de ciertos bienes o males exteriores que le lleve a cometer injusticias o faltas contra otras virtudes, tampoco oculta la verdad y evita finalmente las quejas constantes, pues son señal de que “el ánimo sucumbe a los bienes exteriores” (Ibid, a. 4, ad. 2).

Un alma grande aspira siempre a lo grande y elevado, por eso respeta la grandeza de cada persona pero sin maquillar sus debilidades, evita la vanagloria y la mentira porque hace de la verdad su criterio, no se pierde en quejas por nimiedades y pequeñeces que le aparten de lo grande, porque es capaz de darles su justo valor.

Esther Gómez de Pedro
Directora Nacional de Formación e Identidad