Lo que desvela el eclipse: belleza y orden

El eclipse nos hace levantar nuestra mirada al cielo

Algunos afortunados lo han podido ver con sus propios ojos, pero la inmensa mayoría lo hemos visto en las noticias y nos hemos admirado ante un fenómeno tan especial. Sí, el reciente eclipse lunar, también llamado “luna de sangre” nos ha hecho mirar al cielo y asombrarnos maravillados de la belleza de la luna llena rojiza. La explicación de los expertos es que: “Durante un eclipse lunar, la Tierra se interpone en el camino de la luz solar que alcanza a la Luna. Eso significa que la Luna llena se desvanece a medida que la sombra de la Tierra la cubre”, y por el efecto del paso de la luz por la atmósfera terrestre, el satélite adquiere, además, un color rojizo que le da esa apariencia tan llamativa.

Ese orden tan perfecto que siempre rige el universo se pone ahora de manifiesto ante nuestras miradas asombradas por el fenómeno. De hecho, los antiguos le dieron al universo el nombre de cosmos precisamente cuando descubrieron que era un todo ordenado, inteligible, es decir, con una lógica interna que le daba ese funcionamiento que los científicos siguen descubriendo día a día. El movimiento del Sol, la Luna y La Tierra, en conjunción con las características geográficas de esta última, explicaría, en definitiva, el reciente eclipse lunar. El asombro mueve al buscador de la verdad –y todos los somos- a preguntarse por la causa de tal orden.

El mismo Einstein afirmaba “La experiencia más bella que puedo tener es el misterio… Estoy satisfecho con el misterio de la vida eterna y con un conocimiento, un sentimiento, de la maravillosa estructura de la existencia —así como del humilde intento de entender incluso una pequeña porción de la Razón que se manifiesta en la naturaleza” (El mundo como lo veo). O dicho por otro pensador: “Si nos preguntamos: ‘¿De dónde viene el ser?’, podemos responder sin vacilar: viene de un inmenso poder, o también – pensando en la estructura matemática del ser- de una razón poderosa y creadora” (J. Ratzinger, Camino pascual).

Esa Razón de la que habla el connotado científico es el Logos que los griegos descubrieron como la raíz del orden del universo, del cosmos. Logos al que llamamos Dios y que es Creador, porque es capaz de crear de la nada y al hacerlo así, imprime a cada criatura que crea un orden interno maravilloso que le permite ser y desplegarse en lo que es. Dios da el ser a cada criatura y se lo mantiene (incluidos nosotros).

Esto que los grandes filósofos intuyeron con genialidad, lo sistematizó magistralmente Santo Tomás de Aquino. “Es necesario que exista una causa eficiente primera” (Suma Teológica, Ia, q. 2, a. 3, in c). El universo ordenado, del cual el eclipse es una manifestación, sólo puede explicarse porque Alguien, que es sumamente perfecto (pues es y existe por Sí mismo, sin necesidad de otro), lo ha pensado con un orden lógico y le ha hecho partícipe del ser dándole la existencia, y sacándole de la nada. “El ser de cualquier existente es efecto propio de Dios” (Suma contra Gentiles, III, c. 66) y, en otro lugar, dice: “de ser ente por participación se deduce que ha de ser causado por otro. Por lo tanto, dicho ser no puede existir sin ser causado, del mismo modo que tampoco puede existir el hombre sin ser capaz de reír” (Suma Teológica, Ia, q. 44, a, 1, ad. 3).

Por eso, así como el eclipse nos hace levantar nuestra mirada al cielo, nos invita también a elevarla al Creador del universo, origen y meta de nuestra vida.

 

Esther Gómez

Directora Nacional de Formación e Identidad